Raúl González Tuñón y el Tango

Como poeta porteño, González Tuñón escribe a su ciudad, Buenos Aires, desde su primer libro, El violín del diablo, publicado en 1926. En línea con esta temática, muy relacionada con los poetas lunfardos, incluirá a Gardel y el tango, ya en poemarios más maduros como A la sombra de los barrios (1953), Poemas para el atril de una pianola (1965), La veleta y la antena (1969) y, publicado póstumamente, El banco en la plaza (1977). Dentro de Poemas para el atril de una pianola, hallamos dos poemas dirigidos a Gardel: «Muerte y entierro de Gardel» y «La muerte de un cantor». Destaca el último, por su calidad y profundidad, especialmente con el uso del alejandrino (en la mezcla de este verso con el endecasílabo y el heptasílabo), que exalta el mito gardeliano: 


Cuando muere un cantor suele nacer un sueño, 
y en algún mar distante se desploma un albatros. 
De un loco azar, autor de esta ruina increíble, 
surgió el más perdurable de los mitos porteños.

La pérdida ha afectado a todos, al mundo, al barrio: 

El Abasto famoso dijo adiós a su hijo, 
volcando su mercado en las veredas grises. 


Pero siempre será único y siempre estará, ya que es mito eterno del pueblo que se resiste a olvidarlo: 
Dos colegas lo escoltan: el grillo y la cigarra, 
con un telón de fondo de verde popular. 
Y nadie ha superado la voz inconmovible, 
en la luna del disco y en la rosa del aire.

Este poema fue leído por el periodista Julio Jorge Nelson en la película «Carlos Gardel: Historia de un ídolo» de 1964, documental en el que este poema se lee para las imágenes de la repatriación de los restos de Gardel a Buenos Aires y su entierro en el Cementerio de la Chacarita. 
Pero, sin duda, el poema más conocido es «Lejano y presente», con la misma métrica y estilo del anteriormente comentado. Este poema comienza refiriéndose también al barrio, su pueblo, a la infancia porteña del cantor: 

Se estiraba el Abasto como un verde domingo 
sobre leves cimientos de muertas calesitas, 
con un telón de fondo cantinero. 
Pregones, gritos, cantos y el nocturno acordeón 
penetrado de ansias y de melancolía 
acunaron al niño, pobre huésped del sueño, 
entre gentes de estirpe generosa y bravía. 
Arrabal, patria adentro.
Las dos siguientes estrofas engrandecen la imagen mítica de Gardel, así como su destino triunfante, en correlación con «La muerte del cantor»: 


Con él crecía el tango, el amor, la garúa, 
el boliche, el otoño, los gorriones, la esquina.

Nadie tuvo como él vocación de cigarra 
y esa lírica, oculta obstinación del grillo 
y del clavel del aire.  


El cuarto apartado de «Lejano y presente» evoca su voz argentina, concluyendo en el quinto que él era la música: 

Por tan argentino proyectó su estatura 

a la morena América y el París que en Europa 
es la rosa del mapa. 
Su voz fue el instrumento. Voz Gardel, voz mañana, 
voz para la memoria de un cielo con ventana. 
Su eternidad, la leve luna negra del disco 
desde donde su espectro azul se asoma 
compadreando al olvido. 


Una caja de música su corazón latía 
y en su fino resorte habitaba el secreto 
de la brisa que mueve las antiguas veletas 


pagina web TANGUEROS

Pilar Iglesias coordinadora del  TALLER DE  POESÍA